CUADERNOS DE LA PANDEMIA

¿INDEPENDENCIA PARA QUIÉN?

Agárrate con fuerza a los sueños / Porque si los sueños mueren
La vida es como un pájaro de alas rotas / Que no puede volar
Agárrate con fuerza a los sueños / Porque cuando los sueños se esfuman
La vida es un campo estéril / Helado por la nieve

—Langston Hughes, poeta afroestadounidense


Hace muchos inviernos nuestros sabios ancestros predijeron:
el monstruo de ojos blancos llegará del oriente. Al avanzar consumirá la tierra.
Este monstruo es la raza blanca. La profecía está a punto de cumplirse

—Profecía de los iroqueses, confederación de tribus en el actual estado de NY

 4 de julio, 2020. Mientras se escuchan los estallidos y se ven los espléndidos fuegos artificiales del 4 de julio no hay que olvidar que el Día de la Independencia no celebra la libertad ni el fin de la opresión para todos los que vivían en los Estados Unidos en 1776. Los esclavos siguieron siendo esclavos y los indígenas siguieron siendo exterminados y los que sobrevivieron fueron sometidos a vivir décadas más tarde en reservaciones asignadas por los invasores europeos. La independencia de los Estados Unidos fue diseñada y ganada por y para que los colonos ingleses pudieran tener autonomía para perpetuarse como los nuevos amos de estas tierras usurpadas.

La independencia fue, sobre todo, para los hombres ingleses. Porque las mujeres siguieron siendo sometidas, sin voz ni derecho al voto hasta 1920 (y todavía, cien años después, con un largo camino por recorrer para obtener plenos derechos). Como dice Howard Zinn sobre los tiempos de la independencia, “Si leemos los libros de historia más ortodoxos, es posible que nos olvidemos de la mitad de la población del país. Los exploradores fueron hombres, los terratenientes y comerciantes fueron hombres, los líderes políticos eran hombres, y también lo eran las figuras militares. La propia invisibilidad de las mujeres y el olvido a que eran sometidas, señalan su condición sumergida” (La otra historia de los Estados Unidos, 2001, 81). La libertad no fue para ellas.

Tampoco lo fue para los negros que siguieron siendo esclavos hasta la Proclama de Emancipación de los esclavos de 1862 por Lincoln, durante la Guerra Civil. Esta proclama en realidad nunca representó una completa libertad, ni en la práctica ni legalmente, como lo muestran las leyes Jim Crow (vigentes en diversos estados entre 1876 y 1965) que legalizaban la segregación y cuyos efectos se sienten palmariamente en la absoluta desigualdad social y falta de oportunidades de la población afroestadounidense actual. O la ominosa Enmienda 13 de 1865 que autoriza constitucionalmente hasta el día de hoy la continuación de la esclavitud dentro del sistema carcelario: “Ni en los Estados Unidos ni en ningún lugar sujeto a su jurisdicción habrá esclavitud ni trabajo forzado, excepto como castigo de un delito del que el responsable haya quedado debidamente convicto”. La aplicación de esta enmienda se manifiesta en el criminal encarcelamiento masivo en los Estados Unidos, el país con más presos en el mundo, la gran mayoría de ellos afroestadounidenses (e indígenas y latinos en segundo y tercer lugar), sometidos a realizar trabajos forzados con poquísima o ninguna paga para corporaciones que se lucran de su encarcelamiento y de su trabajo (aquí puede verse, en inglés, un informe sobre dichas corporaciones: “Post Meek Mill: Report Discloses Companies Profiting from Prison”, May 7, 2018). La población afroestadounidense nunca ha sido pasiva; siempre ha luchado de manera enormemente desigual contra las iniquidades a que ha sido sometida hasta el presente, como lo seguimos viendo con el Movimiento Black Lives Matter, que quizás, si se mantiene en la lucha de manera permanente, llegue a producir el cambio más decisivo en la historia contra el racismo en los Estados Unidos.

Tampoco los indígenas pueden celebrar el Día de la Independencia como una victoria para sus pueblos. La independencia para ellos sería haberse librado de los invasores de sus territorios. De modo que los indígenas de este país, como los de todo el continente, siguen viviendo en estado de no-libertad dentro de su propia tierra. Los indígenas siempre han ofrecido una feroz resistencia a la invasión de sus territorios. Cuando se dieron cuenta que la llegada de los europeos a sus tierras era en realidad una invasión que terminó despojándolos de sus tierras, pelearon primero como tribus independientes y luego como confederaciones de grupos indígenas. Tuvieron un papel activo subalterno durante la guerra de independencia de los 13 estados, ya fuera al lado del imperio inglés o de los colonos ingleses (aliados con los franceses), conforme estos poderes les ofrecían alternativamente ser sus protectores. En cualquier bando nada resultó para su beneficio. En 1851 el Congreso aprobó el Acta de Apropiaciones Indígenas (The Indian Appropriations Act) por medio de la cual se creó el sistema de reservaciones para los indígenas como una manera de mantenerlos bajo control: los nativos no podían salir de allí sin permiso del gobierno. Esta y otras leyes posteriores sobre el control de las comunidades nativas por el gobierno federal fueron reemplazadas por el Acta de Reorganización Indígena (The Indian Reorganization Act) de 1934 que les dio mayor autonomía a las 567 tribus indígenas del país reconocidas federalmente, incluyendo el tener su propia constitución y no pagar impuestos federales. Pero los problemas de marginalización, pobreza, falta de servicios de salud y el drama del alcoholismo y las drogas, ocasionados por siglos de colonialismo, son rampantes dentro de una economía que depende del turismo y de los casinos, un sistema en el que están sujetos al constante saqueo y explotación de su identidad y cultura.

Evidentemente lo que se celebra cada 4 de julio es la victoria de los colonos ingleses para obtener la libertad de seguir al mando de un gobierno creado meticulosamente a la medida del supremacismo blanco. Otro tanto habría de ocurrir, con sus propios matices y variantes, con los criollos españoles que avanzaron las independencias de los países de habla hispana. Lo que se celebra es, como de costumbre, la historia de los vencedores. En este caso, los vencidos siguen luchando, porque no están vencidos. Como cantaba el poeta afroestadounidense Hugues, están “agarrados con fuerza a los sueños” de un mundo que les sea propio y que sea la norma y no la excepción en la historia.

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Hoy les recomiendo El origen de los otros, de Toni Morrison (The Origen of Others, en inglés). El texto es una colección de las conferencias que dio en la Universidad de Harvard en el 2016 donde discute sobre el concepto de raza y la construcción del racismo blanco en la sociedad norteamericana. Las charlas y el libro coinciden con la presidencia de Donald Trump, una de las etapas de este país cuando el racismo, la brutalidad policiaca contra las comunidades afroestadounidenses y latinas, la persecusión de inmigrantes por ICE, la retórica contra los latinos y la urgencia por construir el muro en la frontera con México, están en el frente de las noticias diarias. Morrison ilustra su discurso a través de diversas obras literarias, incluyendo las suyas propias.

Otro libro que les recomiendo es Guerra contra todos los puertorriqueños. Revolución y terror en la colonia americana (War Against all Puerto Ricans. Revolution and Terror in America’s Colony, en inglés), por el periodista y abogado Nelson A. Denis, nacido en NY de madre puertorriqueña y padre cubano. Denis ha desarrollado una carrera periodística y legal comprometida con la defensa de los latinos en los Estados Unidos. Graduado de la Universidad de Harvard y de la Universidad de Yale, fue director de El Diario/La Prensa y fue representante por el Partido Demócrata del East Harlem, en la Asamblea Estatal de Nueva York de 1997 al 2000. El libro relata la insurrección promovida por el Partido Nacionalista de Puerto Rico en 1950 contra el gobierno de los Estados Unidos en búsqueda de la independencia de la isla y la sangrienta represalia militar estadounidense que incluyó el bombardeo de Jayuya y Utuado, marcando la primera vez en que los EE UU bombardea ciudades bajo su jurisdicción.

 

ESTE NO ES UN PAÍS DE INMIGRANTES

 “Yo no soy de aquí / pero tú tampoco
De ningún lado del todo / de todos lados un poco”
—Jorge Drexler, en Movimiento

 25 de junio, 2020. Desde hace décadas se alimenta la romántica y engañosa idea de que los Estados Unidos es un país de inmigrantes. Es hora de cuestionar y desmantelar ese mito. Este no es un país de inmigrantes. Al menos no de inmigrantes voluntarios, millones de ellos. Este país ha sido construido por las mentes y las manos laboriosas de gente de muchas partes del mundo. Esa es una verdad que se sostiene por su propia evidencia. Lo que no podemos sostener de forma genérica e irreflexiva, es que los más de 330 millones que conforman este país están aquí porque familiares suyos o ellos mismos, en algún momento de la historia, escogieron libremente venirse como inmigrantes. Y, por supuesto, los anglosajones estadounidenses, que constituyen todavía la mayoría de la población, no se incluyen ni se perciben a sí mismos como inmigrantes sino como los fundadores del país (es decir, los invasores y colonizadores de tierras que no eran suyas). Para ellos, los inmigrantes son los otros, los demás.

Pero los cerca de 7 millones de indígenas del país no son inmigrantes. Sus tierras les fueron arrebatadas por los invasores y colonizadores europeos, quienes masacraron a millones de ellos, en lo que Ward Churchill, profesor de estudios étnicos de la Universidad de Colorado llama el más “vasto genocidio sostenido de la historia”. Al resto los sometieron a vivir en reservaciones, donde sobreviven con altos niveles de pobreza, problemas de salud y alcoholismo. Los más de 43 millones de afroestadounidenses tampoco son inmigrantes. Sus antepasados fueron traídos como esclavos encadenados y hacinados en barcos pestilentes y luego vendidos a amos ingleses que los explotaron en sus grandes haciendas. Una parte significativa de la riqueza que se acumuló de la explotación y el trabajo forzado de los esclavos entre 1525 y 1866 es una de las bases de la riqueza actual de los Estados Unidos. Como lo sabemos, una gran mayoría de los descendientes de aquellos esclavos sigue viviendo en las mismas condiciones de desprecio, opresión, pobreza y en peligro de linchamiento como hace 400 años.

De los 60 millones de latinos/hispanos/chicanos de los Estados Unidos un número destacado no puede considerarse como inmigrantes. Los mexicanos han estado aquí desde los tiempos de la colonia española hace 500 años. Ya estaban aquí cuando los EE UU invadieron el norte de México y eventualmente se apoderaron de lo que hoy son los estados de California, Texas, Nuevo México, Nevada, Utah y partes de Arizona, Colorado, Oklahoma, Kansas y Wyoming (a través del forzado Tratado de Guadalupe Hidalgo de 1848). Estados donde el español era la lengua de una gran parte de ese territorio junto con los idiomas de los nativos. Los puertorriqueños no son inmigrantes. Los EE UU convirtió a Puerto Rico en una colonia cuando se lo arrebató a España en la guerra de 1898. Luego les dio la ciudadanía para poder enviarlos como soldados a luchar en guerras que no tenían nada que ver con ellos.

Los cubanos, los dominicanos, al igual que millones de centroamericanos y sudamericanos no son inmigrantes. Muchos de ellos son descendientes, o primera o segunda generación de personas que buscaron refugio en los Estados Unidos como producto de la agitación política y económica causada en buena parte por la intervención de los Estados Unidos en esos países en las décadas pasadas y en el presente. Millones de ellos son refugiados, no inmigrantes. E historias parecidas pueden decirse de gente de China y otros países asiáticos, del Medio Oriente y de otras partes del mundo.

Quizá fueron inmigrantes aquellas grandes masas empobrecidas de Europa (más de 32 millones) que emigraron a Estados Unidos entre 1820 y 1930 y a las que la estatua de la libertad saludó efusivamente desde su inauguración en 1886. Un tiempo en el que no se requerían documentos para entrar a este país. Para millones de afroestadounidenses y de latinoamericanos nunca fue ni ha sido una fiesta venir a este país, sino una lucha. El resultado de todo este movimiento que no cesa, ha sido el mosaico de etnicidades, lenguas y culturas más diverso del mundo. Un mosaico de iniquidades y desigualdades rotundas, donde el supremacismo blanco, movido por el capitalismo salvaje, es la fuerza controladora y opresora del resto de la población. Es este mosaico de gente inteligente y trabajadora de todas partes del mundo el que ha construido de manera fundamental una prosperidad que no llega a sus manos ni está bajo su control. El sueño americano (otro mito que proyecta a este país como una especie de ideal humano) es siempre una imagen elusiva para la inmensa mayoría.  Ahora, que si queremos ponerlo en otros términos, todos somos inmigrantes. Todos estamos en perpetuo movimiento, en un mundo que, como decía Ciro Alegría, es ancho y ajeno. Con un cuantioso número de supremacistas que asumen que ciertamente es ancho y que es de su propiedad.

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Esta semana les recomiendo dos libros: CRUX. A CROSS-BORDER MEMOIR, de la periodista investigadora Jean Guerrero. Una memoria sobre la historia de su padre sumergido de un tiempo acá en lo que algunos identifican como una esquizofrenia, y que ante los ojos de la narradora comienza a ser visto como una cosmovisión más profunda que entrelaza las culturas ancestrales de México con el presente caótico en la frontera México-Estados Unidos. En inglés.

Otro libro que les recomiendo es CUENTOS SALVAJES, del venezolano Ednodio Quintero. Este volumen de más de 500 páginas se presenta como la colección de todos sus cuentos publicados hasta ahora y permite ver la evolución del escritor desde una prosa onírica y fantástica hasta una narrativa más realista conectada con el universo andino. 



SIEMPRE ALGO ALREDEDOR DEL CUELLO

8 de junio, 2020. La escritora nigeriana Chimamanda Ngozi Adichie se ha convertido en los últimos diez años en una de las voces jóvenes más prominentes en la lucha contra el racismo. Su charla en TedTalk “The danger of a single story” (El peligro de una sola historia), uno de los recursos que utilizo en mis clases para hablar contra los prejuicios y el racismo, se ha convertido en una de las más vistas en la historia de este programa. Adichie ha publicado hasta el momento tres novelas y la colección de cuentos The Think Around Your Neck (Algo alrededor de tu cuello). La autora emigró a los Estados Unidos a la edad de 19 años para hacer sus estudios universitarios y desde entonces vive entre este país y su natal Nigeria. Su obra permite al lector un vislumbre sobre la otredad y el racismo sistémico que enfrentan los africanos y descendientes de los africanos que fueron traídos como esclavos a los Estados Unidos hace 400 años. El título y la historia del cuento “Algo alrededor de tu cuello”, que da nombre también al libro, atrapa la atención sobre la que quizá sea la imagen que mejor condensa la tragedia de opresión, represión y aniquilamiento que ha vivido la población afro/americana en la nación que ha presumido, falsamente, de ser líder de la democracia en el mundo.

El linchamiento de George Floyd, asfixiado públicamente bajo la rodilla del policía blanco Dereck Chauvin (como cumpliendo un sangriento rito antiguo) es una ampliación moderna de los grilletes, cadenas y collares de hierro con los que se traía a los esclavos de África a este continente y que eran también usados como instrumentos de tortura, doblegación y escarmiento. Desde la pretendida abolición de la esclavitud en1883 estos instrumentos de opresión han seguido siendo usados de manera sistemática en los Estados Unidos en la forma de segregación, dominación y la reducción de esta entera comunidad a la condición eterna de sirvientes y subalternos del supremacismo blanco. El asesinato de George Floyd estaba supuesto a ser una estadística más en esta historia de horror y sufrimiento. Un dato de violencia y brutalidad policiaca más para sumarse a los nombres de Breonna Taylor, Ahmaud Arbery, Jamar Clark, Philando Castile, por solo citar asesinatos recientes de afro/americanos. Sin embargo, convocados por tres meses de confinamiento, con los espíritus y los ánimos mejor dispuestos y menos contaminados por la urgencia consumista, la ira de la población se ha manifestado en un alzamiento nacional que lleva ya dos semanas y sigue creciendo con la promesa de convertirse en una ola mundial antiracista.

En el servicio en memoria de Floyd en una iglesia de Minneapolis, el Reverendo Al Sharpton, pastor bautista y uno de los activistas más visibles en la lucha por la justicia social y los derechos civiles, dijo a las autoridades y a la población blanca de este país, “La razón por la que nunca pudimos ser lo que quisimos o soñamos ser es porque dejaste tu rodilla en nuestro cuello”. Y añadió, dirigiéndose a la comunidad afro/americana: “Ya es hora de que nos levantemos en nombre de George y digamos ‘quiten la rodilla de nuestro cuello’”. No se ha levantado solo la comunidad afroamericana. También los latinos, muchos latinos, y los asiáticos y los indígenas, y gente del Oriente Medio, que también padecen la discriminación, el oprobio y la represión, amplificados hasta la desgracia bajo la actual presidencia de los Estados Unidos.

En el cuento de Adichie, la protagonista (que evoca algunas referencias autobiográficas de la autora, como los demás cuentos de la colección), dice: “Por las noches algo se enroscaba en tu cuello. Algo que casi te asfixiaba antes de que te quedaras dormida”.  Es el horror histórico y presente del que no puede zafarse porque no terminan de quitarle las cadenas. Mientras escribo estas notas algunos cambios ya han empezado a vislumbrarse en algunas ciudades, con la decisión de los alcaldes y concejos locales de reducir o quitar el presupuesto a la policía (defund police) y crear nueva legislación. Y un número cada vez mayor de la población blanca se está sumando, como nunca antes en la historia de este país, al grito de “El silencio blanco es violencia”. Las consignas, los letreros, las marchas son un primer paso y son indispensables. Pero no son suficientes. Como apuntó Audre Lorde, “la revolución no es un evento único”. La revolución, el cambio sistémico, estructural por la justicia social es un evento diario, de todos los días. Es proclamarse en un estado permanente de protesta y de acción hasta que se produzcan los cambios que imaginamos y soñamos.

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 Esta semana les recomiendo dos libros: Algo alrededor de tu cuello, de Chimamanda Ngozi Adichie, de quien les recomiendo leer también sus novelas y ensayos y ver sus charlas en TedTalk (en inglés y con traducción al español). El otro libro es How to Be an Antiracist (Cómo ser un antiracista), de Ibram X. Kendi, profesor de historia y  fundador del Centro de Investigación y de Políticas Antirracistas y una de las voces más notables de la comunidad afro/americana. El libro no está disponible todavía en español.


UN PAÍS QUE YA NO PUEDE RESPIRAR

1 de junio 2020. Amanece, y uno desearía que el mundo ya no fuera de una vez por todas el mismo de ayer. Amanece, y en docenas de ciudades a lo ancho de este país millones de personas han pasado la noche en doble confinamiento: el de la cuarentena y el del toque de queda. La doble anomalía enfatiza el drama de un  mundo cuyas fuerzas naturales y sociales empujan desde hace mucho tiempo hacia un cambio radical. En los últimos largos meses la única noticia hastiante, fatigante, dolorosa era la de los muertos anónimos o con nombre, pero todos ellos solitarios, que se acumulaban en las morgues de los hospitales en este país, primero en el virus como en tantas otras cosas. El 27 de mayo, de repente, el linchamiento lento y despiadado de George Floyd, arrestado presuntamente por tratar de comprar cigarrillos en una tienda con un billete falso de 20 dólares, cambió la narrativa y nos puso una vez más frente al horror de la más antigua de sus pestes: la del racismo rampante que corre líquido por las venas de esta nación desde sus orígenes coloniales.

Una adolescente grabó los 8 minutos y 46 segundos en que el oficial de policía Dereck Chauvin aplastaba con una de sus rodillas el cuello de Floyd mientras miraba impávido al celular que grababa su crimen. Su actitud prepotente resume los siglos de esclavitud, opresión, encarcelamiento masivo y asesinato impune a que los gobiernos y la in-justicia norteamericana han sometido a la población negra (y a los latinos, a los indígenas, a otras minorías y a numerosos países del mundo).

Lo que no se esperaba el policía Chauvin, ni los otros dos policías que también aplastaban el cuerpo de Floyd contra el asfalto, era la repercusión que iba a tener su crimen. Tampoco lo imaginaba Tou Thao, el cuarto policía que de pie, se mantenía vigilante para que nadie de los que presenciaban el linchamiento se acercara. Floyd murió poco después de que una ambulancia se lo llevara agonizante. A unas cuantas horas de su muerte se produjo un estallido social en todo el país. De repente decenas de miles de personas de todas las etnicidades y condiciones en numerosos estados del país —y de manera especial los jóvenes— se olvidaron del coronavirus, del confinamiento, del riesgo inminente del contagio, y se lanzaron a las calles en un movimiento espontáneo de rabia, dolor y solidaridad con la familia de Floyd y con la población negra en general.

Las manifestaciones han seguido creciendo en los cinco días que han transcurrido desde el asesinato, tomando el curso de un levantamiento social que no se veía en el país desde hace décadas. El hartazgo social es mucho mayor ahora, porque vivimos bajo la pandemia de un presidente racista y autócrata que es la expresión brutal y sin matices del desprecio y opresión contra indefensas y vulnerables minorías. En pleno tiempo de una pandemia mortal (uno de cuyos síntomas es que los contagiados no pueden respirar), la gente ha mostrado al lanzarse a las calles a reclamar un cambio radical, que el virus más peligroso que enfrenta es el supremacismo blanco que todo lo asfixia.

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Hoy quiero recomendarles AN AFRICAN AND LATINX HISTORY OF THE UNITED STATES (disponible por ahora solo en inglés) escrito por el profesor de historia y director del Programa de Historia Oral Samuel Proctor de la Universidad de Florida. Es uno de los textos más lúcidos, actuales e indispensables para replantear el conocimiento de la verdadera historia de los Estados Unidos desde la perspectiva de los propios negros y latinos en sus luchas por la justicia social y la igualdad por más de 400 años. Ortiz dice, “He escrito este libro porque como estudioso quiero asegurarme de que ningún estudiante latinx o negro nunca más tenga que estar avergonzado de quién es y de dónde viene”.