CUADERNOS DE LA PANDEMIA

Glendale reconoce su pasado racista y trabaja para combatirlo

 4 febrero, 2021. La Biblioteca Central de Glendale (Glendale Central Library) empezó el 1 de febrero una exhibición virtual titulada “Reckoning: Racism and Resistance in Glendale, California” (Ajuste de cuentas: racismo y resistencia en Glendale, California). La muestra incluye videos, entrevistas, documentos, libros y una eventual instalación artística en las calles de la ciudad, liderada por la artista y educadora Avril Bey junto con estudiantes de las escuelas secundarias de Glendale. La exhibición se presentará por secciones a lo largo de este año, y es parte de las acciones que el Concejo local está promoviendo después de que la Coalición por una Glendale Antiracista (CGA) reclamara pasar una Resolución denunciando la historia racista de este centro urbano de más 200 mil habitantes en el Condado de Los Ángeles.

Esta medida, en la que se pide perdón a las comunidades minoritarias por el daño causado durante décadas y que busca establecer una comunidad inclusiva e igualitaria con justicia social, fue aprobada en octubre del año pasado. La Resolución se debe en gran parte al esfuerzo de Carol McGrath, una activista afroestadounidense y miembro de la CGA, quien ha vivido en Glendale por casi dos décadas, enfrentando a menudo ataques racistas contra ella. McGrath relató al periódico local Spectrum News1 una experiencia que tuvo hace poco más de dos años. “Estaba caminando entre las calles Wilson y Jackson y unos jóvenes blancos me gritaron, ‘Mejor te vas de la calle cuanto antes, lady, ya casi es el atardecer’”. La consecuencia del racismo pervasivo es la notable ausencia de población negra en la ciudad aún el día de hoy. La Resolución destaca que en 1920 la ciudad tenía apenas un 0.16% de población afroestadounidense y en el año 2019, cien años después, era tan solo 1.6%.

Glendale fue una entre las miles de las llamadas Ciudades del atardecer a lo largo de la Ruta 66 (la autopista que atraviesa gran parte del país desde Chicago hasta las playas de Long Beach en el sur de California). Como elaboré en el artículo “La Ruta 66 y las Ciudades del atardecer” (Hispanicla, 08.17.2020), estas eran (y algunas siguen siendo) ciudades donde no se permitía vivir a la población negra ni a otras minorías raciales. Podían trabajar como sirvientes durante las horas del día, pero cuando se ponía el sol debían salir de la ciudad a riesgo de ser expulsados a la fuerza. Un promedio de cien ciudades en el sur de California, entre los que se encontraban Glendale, Burbank, Pasadena, South Pasadena, San Marino, Arcadia y Whittier, por mencionar solo unas pocas, fueron lugares donde solo se permitía vivir a gente “blanca”.

Glendale, en particular, fue una ciudad con una notable presencia de miembros del Ku Klux Klan, el partido nazi estadounidense y otros grupos supremacistas blancos. Ahora se ha convertido en la primera ciudad de California en reconocer y pedir perdón por su tenebroso pasado racista. La Coalición Antiracista de Glendale sabe que la Resolución del Consejo de la ciudad es letra muerta si no se implementan acciones para prevenir la discriminación, segregación y falta de representación de la realidad demográfica multiracial y multicultural del sur de California. La Resolución y la exhibición virtual son maneras de ir en la dirección de cambios concretos y duraderos. La pregunta es si los cientos de otras Ciudades del atardecer seguirán también estos pasos para combatir el racismo tan hondamente arraigado en la matríz de esta nación-estado.

(Publicado en Hispanicla.com, 7 de febrero, 2021)

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Dos libros que quiero recomendarles en esta ocasión. La salud es política: un planeta enfermo de desigualdades, del catedrático catalán Joan Benach, profesor de Salud Pública y Salud Laboral en la Universidad Pompeu Fabra, en Barcelona. Para el autor, la manera como los gobiernos están manejando la pandemia del coronavirus y la atención a la salud en general revela la devastación socioecológica creada por décadas de capitalismo salvaje y de vigilancia.

Dispatches from the Race War, de Tim Wise, activista norteamericano por la justicia social. Presenta aquí una colección de ensayos suyos publicados en diversos medios entre el 2008 y nuestros días. Desde el mito de que el racismo había sido superado con la presidencia de Obama hasta el feroz nacionalismo supremacista blanco desatado durante el régimen de Trump, Wise elabora sobre la urgencia de rebelarse y actuar contra el racismo endémico como el compromiso más esencialmente humano de nuestros tiempos.

 

CUADERNOS DE LA PANDEMIA

Estados Unidos, ¿república bananera? 

Cuando el tren se descarrile,

¿brillará un poco la luz?

— Ana Belén López, poeta mexicana

8 de enero 2021. En una declaración de este 6 de enero, refiriéndose al asalto al Capitolio por los vándalos de Trump, el ex-presidente republicano George W. Bush dijo, “Esto es como los resultados de una elección son disputados en una república bananera —no en nuestra república democrática. Estoy asombrado de la conducta perniciosa de algunos líderes políticos desde la elección y por la falta de respeto mostrada hoy hacia nuestras instituciones, nuestras tradiciones, y nuestras fuerzas del orden”. Por su parte, la senadora republicana por Nebraska, Deb Fischer, dijo en Twitter, “Estos amotinados no tienen ningún derecho constitucional de dañar a las fuerzas del orden y asaltar nuestro Capitolio. Somos una nación de leyes, no una república bananera. Esto debe terminar ahora”.

Las expresiones de estos dos políticos (y los millones que están de acuerdo con ellos) pasan por alto cínicamente que los países centroamericanos fueron convertidos desde finales del siglo XIX y hasta el presente en “repúblicas bananeras” por medio de la explotación económica de empresas como la United Fruit Company (UFCO) y su actual heredera Chiquita Brands. Para proteger este fabuloso negocio (considerado el modelo moderno del capitalismo salvaje en el mundo), los Estados Unidos patrocinaron el derrocamiento del presidente guatemalteco Jacobo Árbenz Guzmán, elegido democráticamente, e implantaron la dictadura militar del coronel Carlos Castillo Armas en 1954. Impusieron dictadores en Honduras, El Salvador, y Repúblicana Dominicana, a la vez que con otras excusas pero con la misma finalidad imperialista promovieron y apoyaron múltiples golpes de estado y dictaduras en otros países de América Latina como Brasil, Paraguay, Argentina, Bolivia, Perú, Haití, Uruguay y Chile. El expresidente George W. H. Bush, fue presidente de la compañía petrolera Zapata Offshore Co., que en 1969 compró la United Fruit Company, ambas compañías con fuertes vínculos con la CIA y con un infame legado en Centroamérica. De modo que las declaraciones de George W. Bush, hijo de quien fuera presidente de Zapata Offshore, no hacen otra cosa que apuntar a la culpabilidad de su familia en los atropellos cometidos en América Latina para defender a su propia multinacional y convertir a esos países en “repúblicas bananeras”.

Comparado con lo que este país ha hecho en numerosos países latinoamericanos, el asalto terrorista del 6 de enero al Capitolio de Estados Unidos es prácticamente un juego de niños. Pero la gravedad de lo ocurrido en el Capitolio es de todos modos extrema para la imagen de un país que siempre se ha proyectado como la democracia ideal. La democracia en este país ha funcionado como la fachada del sistema supremacista blanco, pero nunca para las minorías étnicas, raciales y lingüísticas que se han mantenido históricamente en gran desventaja y falta de representación en la política, la economía, la educación, la cultura y los medios de comunicación. Lo que hemos visto en estos cuatro años es simplemente la manifestación tangible, la puesta sobre la mesa de una realidad nacional que recorre la vida de este país por cuatrocientos años. Lo que corresponde hacer para que este país se acerque a una verdadera democracia es destituir, enjuiciar y encarcelar al presidente 45 por sus numerosos delitos, entre ellos el liderar el asalto terrorista contra el Congreso donde murieron cinco personas, decenas de policías fueron heridos y se puso en jaque la institucionalidad de la nación. Lo que corresponde hacer, si este país quiere ser una democracia de verdad, es denunciar su falso excepcionalismo, la condición mítica inculcada generación tras generación, de que este país es superior a todos los demás y que tiene la autoridad para ser la policía del mundo. Ese mito oculta la realidad histórica de todos los atropellos que este país ha cometido y sigue cometiendo contra países pequeños y vulnerables, a los que explota económicamente y a los que trata como subalternos e inferiores en América Latina, Asia y África.

La primera ocasión en ser usado el término despectivo “banana republic” para referirse a un país donde operaba la United Fruit Company es en la novela Cabbages and Kings, del escritor norteamericano O. Henry, publicada en 1904. Ciento dieciséis años después, las imágenes de la desecración del Capitolio por las turbas fanáticas de Trump, hacen lucir al imperio como una de sus propias repúblicas bananeras. Es la imagen en el espejo que le devuelve su propia cosecha de sabotaje e intervencionismo en numerosas naciones del mundo.

(Publicado en Hispanicla.com, 11 de enero, 2021)

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En esta ocasión, quiero recomendarles Autobiografía del algodón, de la escritora mexicana Cristina Rivera Garza, una mezcla de géneros literarios, característica de esta autora mexicana, que alterna entre la crónica histórica y las conexiones personales de Rivera Garza con sus ancestros indígenas del norte de México. La narración describe de manera imaginativa y documentada el periplo del escritor mexicano José Revueltas por los campos de algodón en esa zona del país en la década de los treinta del siglo pasado y la expansión del narcotráfico en el presente.

 Otro libro de enorme interés es Diario de la pandemia, una colección de textos publicados en la revista de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM) entre marzo y junio del año pasado con casi cien artículos de diversos autores méxicanos y de otros países de lengua española reseñando sus propias vivencias, sus reflexiones y en general la crónica de un tiempo de transformación global impuesto por la covid-19. Los textos (incluyendo algunos no publicados todavía en formato de libro) pueden leerse en la Revista de la Universidad de México (https://www.revistadelauniversidad.mx/releases/b5012a11-e10c-49bb-8207-dabf9b9ba223/especial-diario-de-la-pandemia)  

 

CUADERNOS DE LA PANDEMIA

Definitivamente, no un cheque en blanco

 Déjame que te diga algo, hijo:

La vida para mí no ha sido una escalera de cristal.

La escalera ha tenido tachuelas,

Y astillas,

Y tablones levantados,

Y lugares en los que no había ni alfombra-

Pelados.

Pero en ningún momento

He dejado de subirla,

Ni de alcanzar rellanos,

Ni de torcer recodos,

Y a veces, he avanzado en la oscuridad

Allí donde no había luz.

Así que, no te des por vencido, hijo.

No te quedes abajo

Porque descubras que es difícil el ascenso.

No decaigas ahora-

Ya ves, cariño, que yo aún sigo,

Yo todavía sigo subiendo,

Y la vida para mí no ha sido una escalera de cristal.

— Langston Hughes, poeta afroestadounidense

21 de noviembre, 2020. Fueron largos y combativos meses. De antemano se sabía que las elecciones del 3 de noviembre iban a ser tortuosas. Lo fueron como ninguna en los años de nuestra vida. Una campaña en la que se sembró el miedo absurdo (absurdo por desproporcionado) de no convertir a los Estados Unidos en una Venezuela o una Cuba. Una campaña de falsas acusaciones y conspiraciones en medio de una pandemia en la que han muerto hasta ahora un cuarto de millón de personas en este país (y cientos de miles más en otros países que han seguido las prácticas negacionistas y prepotentes de esta administración, como Brasil y México, para hablar solo de nuestro continente). Ganó el candidato que debía ganar para atajar, auncuando sea por un tiempo más, la implacable agenda supremacista de millones de personas que niegan la condición humana a otros millones de personas que también habitan este país.

La victoria de Biden/Harris debía haber sido abrumadora. Un rechazo contundente al discurso y las prácticas racistas y delincuenciales de este gobierno. Pero la victoria no fue abrumadora. Que 74 millones de personas hayan votado a favor de cuatro años más de este gobierno es solo una evidencia de que el racismo supremacista seguirá latente contra las minorías étnicas y raciales en esta nación, como lo ha sido por cuatrocientos años. Por su parte, los 80 millones que votaron por Biden/Harris son apenas una constatación de que esta parte de los otros votantes querían mantener el status quo donde todo cambia para seguir igual; otros para poder respirar por un tiempo más; otros, por la ilusión de ver por primera vez a una mujer ocupar la vicepresidencia y el impulso de acciones por la justicia social; y otros simplemente porque no había otra opción. En todo caso, si hay una cosa destacable en estos momentos es que la victoria de Biden/Harris se debe principalmente al voto de los negros, latinos, indígenas y asiático-estadounidenses.

Juan Andrade Jr., del United States Hispanic Leadership Institute, dice: “Dos verdades innegables surgieron en esta elección presidencial. La primera es que hay dos grandes bloques de votantes en Estados Unidos: blancos y negros. Ambos grupos participaron en cantidades excepcionalmente grandes en las elecciones de 2020. La segunda es que los hispanos son el tercer bloque de votantes más grande, y ni los blancos ni los negros pueden elegir a ningún presidente sin el apoyo de los hispanos” (1). Como resulta ostensible, esta ecuación podía haber cambiado si todos los latinos con capacidad de votar lo hubieran hecho. Los latinos tienen ya los números para ser la segunda fuerza electoral del país. Pese a que esta fue la ocasión en la historia en que más votantes latinos participaron, todavía se necesita seguir impulsando una votación masiva en próximas elecciones. El periodista puertorriqueño Juan González, autor de Harvest of Empire y profesor de comunicaciones y política pública en Rutgers University, indica que “Veinte millones seiscientos mil latinos acudieron a las urnas en esta elección, el 64% de los 32 millones de latinos elegibles para votar, mientras que en las elecciones anteriores la participación casi siempre ha sido de menos de 50%. En cifras crudas, votaron 8 millones más latinos de los que votaron en el 2016. Es decir, un aumento de 63% en relación con las últimas elecciones presidenciales” (2).

Añadido a estos datos hay que mencionar la significativa votación de la población indígena. Es particularmente emotiva la historia de los navajo de Arizona, un estado que había mantenido una mayoría republicana en las dos últimas décadas. En esta ocasión, entre el 60 al 90% de los 67 mil votantes navajo elegibles votaron por Biden/Harris y fueron decisivos para dar la victoria a los candidatos demócratas. Uno de los grandes obstáculos para los navajo, como para las demás 562 tribus, que totalizan más de 5.2 millones de personas, ha sido el hecho de que no tienen una dirección postal, lo cual es un requisito para poder votar. Este requisito es una de las estrategias del sistema político para suprimir el voto de los nativos, estrategia que incluye también la criminalización y el encarcelamiento masivo de negros, latinos e indígenas, que hace que las personas que están en la cárcel no tengan el derecho a votar en la mayoría de los estados. En once estados, aquellos que han cometido ciertos delitos y cumplido penas no pueden votar por un tiempo indefinido y a menudo de por vida (3). Este año, Allie Young, una joven navajo de 30 años, en coordinación con Google, emprendió una campaña para otorgar una dirección postal a más de 4 mil jóvenes en edad de votar y movilizó a miles a ir a lomo de caballo por diez millas hasta los puestos de votación, ayudando a asegurar la victoria demócrata en el estado (4). El cuarto grupo significativo numéricamente son los asiático-estadounidenses, que hoy día comprenden más de 20 millones, de los cuales 11 millones están habilitados para votar. Según los datos disponibles hasta este momento, el 67% del voto contabilizado de este grupo fue para la fórmula demócrata.

El triunfo electoral de Biden/Harris es así una victoria comprometida al menos con estos cuatro sectores que representan el 40% del total de la población junto con otros sectores minoritarios. Biden/Harris es un dúo político que no tiene necesariamente el mejor récord acerca de sus acciones en el pasado con minorías: Joe Biden por oponerse al empleo de buses para llevar a niños negros a escuelas predominantemente blancas como un medio de promover igualdad de oportunidades; y por una ley sobre criminalidad en 1994 que terminó afectando gravemente a gente negra y latina. Kamala Harris por su récord como Fiscal General de California en los 90, implementando leyes que condujeron al encarcelamiento desproporcionado de negros en ese estado. Los dos han ganado las elecciones sobre la promesa de ayudar a construir un mejor presente y futuro para estas poblaciones. Pero los votantes tienen un ojo puesto sobre sus decisiones y acciones, en un país donde se vive un interés inédito en lo que hacen los gobernantes. Como si en ello les fuera la vida. Porque es exactamente eso.

Biden se presenta como el unificador de un país que nunca ha estado dividido, simplemente porque nunca ha sido una unidad. Lo que ha ocurrido en estos pasados cuatro años es que el país y el mundo han podido ver, en pleno despliegue y a punta de tuits y de órdenes ejecutivas, las desigualdades y divisiones que han existido desde sus orígenes, fundadas en un concepto tácito y explícito de superioridad racial y de origen. La resistencia del rey desnudo a abandonar el trono es el símbolo perfecto, por lo extremo y carnavalesco, de esta asumida prepotencia. Pero tendrá que irse, quiera o no. Entretanto, muchos de quienes votaron por Biden/Harris miran, entre otras cosas, por justicia social y reparación. Por un lugar en la mesa de las discusiones y las decisiones. Por un plan científico y concertado para controlar la pandemia a nivel nacional. Por una demanda de sus derechos a vivienda asequible, salubridad, acceso igualitario a la educación, políticas de protección al medio ambiente, una reforma migratoria a favor de los DACA y asilo a los migrantes en la frontera con México. Por un desmantelamiento de la mayoría de las 200 órdenes ejecutivas de Trump. Y ninguna de estas exigencias se pide como un favor sino como un derecho y un mandato electoral. Como debe ser exigido el pedir perdón por el genocidio histórico contra los pueblos indígenas, por la esclavitud y opresión contra los negros a lo largo de 400 años, por la opresión y arrinconamiento sufridos por la población latina que ha estado en este país al menos cien años antes que los ingleses, y hablando en español. Por la reparación moral, económica, social y política de estas y las demás poblaciones que han sido victimizadas históricamente. Como repite el estribillo del poema de Langston Hughes, Yo todavía sigo subiendo, / Y la vida para mí no ha sido una escalera de cristal. Para que un día pueda ser una escalera de cristal.

 Fuentes citadas

1) Andrade Jr., Juan. “Latinos Put Biden Over the Top”. United States Hispanic Leadership Institute. Nov 12, 2020. https://www.ushli.org/

2 ) González, Juan. “Los grandes medios se equivocan, la participación récord de la gente latina favoreció a Biden y el voto de la gente blanca lo perjudicó”. Democracy Now!. 13 de noviembre, 2020. https://www.democracynow.org/es

3) “Restoration of Voting Rights for Felons”. National Conference of State Legislatures. 10/1/2020. https://www.ncsl.org/

4) Saxena, Kalyani. “How The Navajo Nation Helped Flip Arizona For Democrats”. November 13, 2020. npr.org

(Publicado en Hispanicla.com, 24 de noviembre, 2020)

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Vindictas. Cuentistas latinoamericanas. Hoy les quiero recomendar esta absoluta novedad de la UNAM dentro de la serie de novela y cuento escritos por mujeres de distintos países latinoamericanos durante el siglo 20. Su publicación responde a la necesidad de visibilizar a escritoras a quienes les fue negado el espacio literario no solo en el canon sino en su presencia misma en la escena cultural. Una invitación a acercarnos a escritoras cuya obra debíamos conocer desde hace tiempo.

CUADERNOS DE LA PANDEMIA

De Poeta en Nueva York a The Wall. Retratos del despojo

 20 de octubre 2020. Si Nueva York es la “capital del mundo”, lo es también, y de manera magnificada, la capital de los Estados Unidos. Esta hipérbole descansa sobre la idea modernista de que la ciudad es el imán de la moda, del arte, del teatro de la Gran Vía Blanca, de Wall Street, de la multiculturalidad, la ciudad de todos, la ciudad anónima, donde todo se funde y se mezcla sin mezclarse. Nueva York es, sobre todo, metáfora de sí misma. Un palíndrome global que se lee de adelante hacia atrás pero también desde arriba hacia abajo y se atreve, de vez en cuando, fugazmente, a leerse de abajo hacia arriba. A esa Nueva York energética compacta y difusa al mismo tiempo, llegó Federico García Lorca, en 1929, admirado de sus rascacielos y de su espíritu liberal y abierto, él, que venía en un viaje de escape emocional y buscando un respiro de la creciente represión moralista contra los artistas y escritores durante la dictadura de Primo de Rivera.

A lo largo de los nueve meses que le tomó su estancia en NY, acompañado de su amigo Fernando de los Ríos, Lorca habría de presenciar el comienzo de la Gran Depresión, que empieza a pocos meses de estar allí, y a ver de cerca el racismo y la segregación que enfrentaba la comunidad negra de la ciudad. Estos dos males recorren de manera intricada y visceral muchos de los poemas que van surgiendo y transformando su escritura. Lorca llega a NY precedido ya por la amplia difusión de su poesía y su teatro en España y el mundo hispanohablante pero a la vez agobiado por la censura que comienza a enfrentar su obra. Una poesía y teatro de retratos sociales conectados con el juglarismo histórico del sur español en su abrazo a la gitanería, lo morisco, lo negro, afiliación que como señala Gibson (1) demuestran el compromiso que Lorca mostró de modo consistente hacia los destituídos. Pronto encontró que barnizado con su apabullante progresismo, NY era una ciudad donde el racismo, la segregación y supremacismo blanco eran rampantes. Una ciudad donde cada parada del metro, en plena expansión en esos años, atravesaba una geografía que describía la estratificación social de sus vecindarios y sus mundos ajenos. Ese entorno alucinante no podía producir otra cosa que una asociación con su propio mundo español de racismo y segregación para los que ya no era pertinente la cercanía entre lo humano y lo natural porque la vida de la urbe había quebrado esa posibilidad.

Emerge de allí una poesía de imaginería y formas cercanas y al mismo tiempo transgresoras del surrealismo y el expresionismo en las que como indicaba Lorca, “[r]esponden a mi nueva manera espiritualista, emoción pura, descarnada, desligada del control lógico, pero [a la vez antecedido] de una lógica poética” (2). En estos poemas todavía está latente un subsuelo fijo y recurrente del paisaje andalúz, mientras alterna con la vanguardia y el mundo agobiante de la gran urbe. En la colección de poemas de Poeta en Nueva York, Lorca le toma el pulso no al NY de los rascacielos sino al de la deshumanización, al de la suplantación de lo natural por un entramado de edificios y barrios segregados. Una inmensa proporción de aquella comunidad afroamericana era parte de la Primera Gran Migración que se inicia en 1915 y se extiende hasta 1940, gente hijos de ex-esclavos que huían de la opresión en los estados del sur y terminaban enfrentados, en este mundo de los libres, a las mismas o nuevas formas de opresión.

En “Panorama ciego de NY”, uno de los varios poemas de la colección, evoca el drama ontológico de una sociedad fundada sobre la idea de la prosperidad que ahora se derrumbaba en dos días y una noche con el crac de la bolsa de valores:

Todos comprenden el dolor que se relaciona con la muerte,
pero el verdadero dolor no está presente en el espíritu.
No está en el aire ni en nuestra vida,
ni en estas terrazas llenas de humo.
El verdadero dolor que mantiene despiertas las cosas
es una pequeña quemadura infinita
en los ojos inocentes de los otros sistemas.

En una conferencia que dio en Madrid al regreso de su viaje a Estados Unidos y Cuba, Lorca describiría el derrumbe financiero de Wall Street, como un “[i]mpresionante y cruel… espectáculo de suicidas, de gentes histéricas y grupos desmayados. Espectáculo terrible, pero sin grandeza”(3).

En “Norma y paraíso de los negros” la población afroestadounidense está sumergida en un “azul sin historia”, o de una historia que les ha sido negada, borrada, silenciada a fin de que puedan seguir explotados, con largas jornadas de trabajo y bajos salarios en la construcción de la mole de cemento y hierro del Chrysler Building. Es allí donde “queda el hueco de la danza sobre las últimas cenizas”. El paraíso es la nada y su norma es el desamparo. En el poema “El rey de Harlem“, los versos se desplazan hacia ese vecindario particular, donde, para llegar,

Es preciso cruzar los puentes
y llegar al rumor negro
para que el perfume de pulmón
nos golpee las sienes con su vestido
de caliente piña

y entrar a esa otredad con la que Lorca estaba familiarizado en el sur de España pero que en Nueva York está conectada con el proyecto del progreso material que le era todavía ajeno a España en esos años. El poema, que apela a una imagen estereotípica del negro como rey de un mundo natural, lejano y selvático, se instala en la ciudad que por antonomasia era percibida como la jungla de cemento. En ese sentido el poema es una parodia que destaca la marginalidad y el desarraigo, un abismo de clases donde no hay vías intermedias de reconciliación y el desasosiego y la herida que no cierra son el único soporte de lo real.

Pero de esa herida y despojo surge precisamente el arte, la literatura, la música y una apropiación del cristianismo europeo que en posesión de la comunidad afroestadounidense se transforma en una herramienta de liberación, una práctica corporal y orgánica de lo trascendente y ancestral; danza, música y espíritu en el que el sistema que le oprime externamente está incapacitado para entrar. En medio de la opresión y de un racismo feroz institucional contra la población negra que se ha perpetuado en los Estados Unidos hasta el día de hoy, la cultura afroestadounidense es sin dudas una de las más vigorosas del país pese a que  su esencia todavía sigue en los márgenes de lo otro. A la par de Lorca, numerosos poetas afroestadounidenses de NY y de todo el país también han producido una poesía que refleja el drama y el empuje de la comunidad negra como W. E. B. Du Bois, Arna Bontemps, Langston Hughes, Sterling Brown, Jean Toomer, Audre Lorde, Gwendolyn Brooks.

Las décadas posteriores al viaje de Lorca a NY verían también la migración de decenas de miles de puertorriqueños y dominicanos, producto de la ocupación y la intervención de los EE UU en estas islas caribeñas. Igual que con la comunidad afroestadounidense continental la llegada de estos nuevos inmigrantes, la mayoría de ellos racializados por el sistema como personas de color (colored people) vivieron y siguen viviendo en sectores marginados y oprimidos de NY y en otras ciudades de las costas del noreste y del resto del país. A estos migrantes, que en el caso de PR es migración interna al ser la isla un territorio de los Estados Unidos, también le han cantado sus propios poetas nuyoricans y dominicanos. Como apunta Fuentes Rivera, “Su desarrollo está vinculado no sólo con la ideología, el dinamismo y la creatividad que guió a los movimientos de liberación en América Latina y el Caribe sino también —y aún más cercanos— al movimiento pro derechos civiles, el “Black Power”, los movimientos chicano y puertorriqueño junto al feminista, que surgen en Estados Unidos durante esa época” (4).

The Wall, desde el otro margen

En las antípodas de Nueva York, al sur denigrado por pobre, moreno y anticivilizado, está la frontera de los Estados Unidos con México. Sin el glamour y el cosmopolitismo de la gran urbe del Hudson River y el East River, está el enemigo —la fabricación imperial del enemigo fronterizo, siempre sediento de sangre y crimen, que tiene también su propio río, no apacible ni idílico, sino un río Bravo, convertido por décadas en trampa y sepultura de miles que han perdido sus vidas tratando de cruzar una frontera que por siglos fue suya. 3.169 kilómetros que son, como quizá ninguna otra frontera en el mundo, una herida sin cicatríz posible. Uno de los más recientes trabajos literarios sobre esa franja que va de mar a mar, es el extenso poema en cuatro secciones de Ilan Stavans, mexicano nacionalizado estadounidense, ensayista cultural, narrador, poeta, profesor de Cultura Latinoamericana y Latina en el Amherst College, de Massachusetts. Movido por las agresiones verbales de Donald Trump contra los mexicanos y su furioso empeño y bandera electoral de construir (o terminar de construir) un muro, Stavans emprendió un viaje a lo largo de esta frontera como “una fuerza llamándome, una compulsión para ir y ver dónde ese muro ya había sido construido; tocarlo, olerlo, hablar con la gente que vive a ambos lados, comer su comida, ver dónde hay atracciones turísticas [en] esa extensión increíblemente laberíntica” (5)

En unos cuantos días después de regresar de aquel viaje, Stavans crea el poema que, como en el caso de Lorca en Nueva York, significa también una transformación en el escritor mexicano, instalado existencialmente (como los demás latinoamericanos en EE UU) a ambos lados de la frontera, y en el caso de Stavans en más de dos lados como mexicano judío. The Wall está escrito en inglés, español y espanglish, ese impulso múltiple de la lengua que se vuelve natural en quienes viven en los bordes de una cultura como la mexicana y latina y hablantes de lenguas indígenas que se resisten a la asimilación y a la falsa gratuidad del melting pot. Su estructura es la de un poema experimental, una especie de vanguardia posmodernista en el que la disposición vertical de las letras sugiere no solo los quiebres naturales de las montañas, colinas, ríos y desiertos de la frontera sino del muro de metal que atraviesa antinaturalmente aquel paisaje.

Dentro de la organidad de ese simbolismo, la disposición de las palabras son apenas un artificio, como es un artificio fácilmente destruible el muro. Pero lo que destruye los muros es el espíritu interno liberador engendrado en las palabras, en la palabra. La verbalización del poema, su lectura, su recitación y su performance, ponen en evidencia la fragilidad y la desnudez del muro, su podredumbre vital.  Traduzco aquí libremente una parte del poema en el cual, como en la mayor parte del poema, cada línea está compuesta por una sola palabra:

Yo exploro a fin de construir una cartografía de lo que era y será. Hoy da su lugar al pasado conforme nace el futuro. Los mapas, dijo Joseph Conrad, son “espacios blancos” que llegan a ser espacios de tinieblas. Los mapas son trampas. El mundo verdadero está afuera, más allá, incontenido.

Y luego el poema se vuelve connotativamente por unos instantes al castellano,

Yo soy el mapa de mí mismo.

 Y de vuelta al inglés,

Yo vengo a través de la playa de Bagdad, Tamaulipas, donde caravanas de camellos cargaron sal durante la Guerra Civil.

El poema navega en la complejidad de una historia que busca ser una respuesta a la burda linealidad y el vacío antihumano que se produce contra los que habitan al lado sur de esta frontera en la cual el asedio de la guardia fronteriza de Estados Unidos y de ICE creó un clima de desarraigo y separación entre individuos y familias, entre la esperanza y el olvido. Una frontera que fractura los cuerpos y las palabras:

Mi madre estuvo de acuerdo con una separación: la habitación ya no está más: uno, dos  —otro ladrillo en el muro. Yo miré hasta los extremos del reino, la pregunta pronunciada: ¿quién eres TÚ?... Y tú eres bultos, variados y sin forma en las fotos de mi hermano, de la misma manera en que él probablemente mira las fotos mías.

En la sección final el poeta llega a Tijuana. Allí se encuentra con un paisano mexicano que lo guía o lo pierde, según se le mire, por los vericuetos de esta ciudad malentendida, la frontera más transitada del mundo en la que el dueño de un bar me muestra  un mapa de México anterior a 1835: incluye Alta California, Nuevo México y el “territorio disputado”. “¿De quién es el Destino Manifiesto?, pregunta el dueño. Nosotros no estamos tomando nada que no nos perteneciera en primer lugar. Y añade: Ellos lo llaman el Suroeste. El Suroeste ¿de qué? Y el poema concluye sin concluir hasta que termine el despojo y se vuelva a un origen reimaginado: El fin es el comienzo y el comienzo es el fin. No hay un fin de la jornada. No hay un fin al final. La muerte siempre está a la espera. La muerte es el único sendero. La muerte está al otro lado del precipicio. La muerte es libertad total. Yo entiendo ahora que la habitación, el muro, el altar y yo todos estamos hechos de…

The Wall, se abre como la continuación de un testimonio y un complemento a Poeta en Nueva York. Sus palabras visualizan a esta otra comunidad perseguida y denostada, la latina, que se asocia y se disocia de la afroestadounidense como estrategias de las biopolíticas del poder. Los dos poemarios ilustran y crean paralelismos de realidades políticas raciales que han estado presentes desde el proyecto fundacional de los Estados Unidos y de su expansionismo territorial. Separados por una distancia que atraviesa gran parte del siglo 20 y lo que va corrido del 21, estas dos obras son referencias en la formación de una cartografía literaria sobre la persistencia de las iniquidades sociales y raciales que han padecido y siguen padeciendo las poblaciones negras y latinas, y otras no referidas aquí como las indígenas, las asiáticas y otras comunidades minoritarias, que sumadas en su conjunto constituyen actualmente cerca del 50 por ciento del total de la población estadounidense.

La historia apunta hacia cambios generacionales imparables cuando el capital cultural y su participación de siglos en la formación de este país sean establecidos como parte de la norma y no lo ex-céntrico y relegado; donde lo negro, latino, indígena, asiático, no sea lo excepcional y exótico, lo otro, sino el centro compartido y enriquecido de la cultura de un país otro. Cuando se observa la resistencia y la gestión del poder que administra el discurso de la exclusión y el supremacismo, sabemos que la utopía de un mundo de justicia y equidad para todos está lejos de concretarse aún. Entre tanto, los textos literarios, como el arte en general, son una parte fundamental del activismo que ayuda a derribar los muros del odio, el miedo y la segregación, ya sea que se produzcan en Nueva York o en la frontera sur.

Obras citadas:

1) Gibson, Ian. El asesinato de García Lorca. Ediciones B, Barcelona, 2018, 2.

2) García Lorca, Obras Completas, Aguilar, Madrid, 1966. “Carta a Sebastián Gash”, 1654.

3) García Lorca, Federico. Prosa, 1. Primeras prosas, conferencias, alocuciones, homenajes, varia, vida, poética, antecríticas, entrevistas y declaraciones. Obras, VI. Edición de Miguel García-Posada. Ediciones Akal, Madrid, 1994.

4) Fuentes Rivera, Ada G. La estética nuyorican: una estética fundacional. “From Home to the Crack House: aproximaciones a la narrativa de Abraham Rodríguez, Jr.” de diciembre de 1999; SUNY-STONY BROOK.

5) Obregón, Raquel. Interview: “The Wall, Ilan Stavans On His New Book Of Poetry. New England Public Media, NEPM, April 10, 2018.

(Publicado en Hispanicla.com, 2 de noviembre, 2020)

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CUADERNOS DE LA PANDEMIA

LA RUTA 66 Y LAS CIUDADES DEL ATARDECER

“N…, no dejes que el sol se ponga contigo aquí en ______”

“No mexicanos después del atardecer”

“Solo blancos después del atardecer”

—letreros a la entrada de pueblos y ciudades en la Ruta 66

16 de agosto, 2020. Estábamos asistiendo a una reunión del Movimiento Las vidas negras son importantes (Black Lives Matter) en el Parque Garfield de South Pasadena, California, cuando una joven artista y activista habló desde el micrófono refiriéndose a esta como una de las llamadas “Ciudades del Atardecer” (Sundown Towns). Llevo más de dos décadas viviendo en Pasadena, ciudad vecina de South Pasadena, y esta era la primera vez que escuchaba el término “Sundown Towns”. Debí haberlo escuchado mucho antes. Pero no. Fue la primera vez. La joven mencionó brevemente de qué se trataba: ciudades donde no le era permitido vivir a ninguna persona negra, y en la mayoría de los casos tampoco a nadie de origen chino, mexicano, judío, o cualquiera que no fuera considerado “blanco”. Podían trabajar durante el día en diversos oficios dentro de los límites de la ciudad, pero tan pronto empezaba el atardecer tenían que salir, a riesgo de ser expulsados a la fuerza por la policía o por los llamados vigilantes.

Haciendo las conexiones vi que este capítulo, todavía abierto, del racismo norteamericano intenta ser visibilizado en la película The Green Book (El libro verde), dirigida por Peter Farrelly, que ganó el Oscar a la mejor película de 2018 por su retrato de un italoestadounidense que le sirve de chofer a un músico negro mientras viajan por la Ruta 66 dando conciertos de música clásica por ciudades del sur de los EE UU. Luego de explorar la historia de las Sundown Towns uno puede ver que la realidad es mucho peor que la descrita de manera superficial y acomodaticia en la película. El libro en que se basa la trama de la película es una guía de viaje titulada El libro verde para los motoristas negros (The Negro Motorist Green Book), que le ayudaba a los viajeros negros a saber a qué hoteles, restaurantes y sitios recreativos podían ir sin enfrentarse a un rechazo brutal. El editor de la guía, el afroestadounidense Victor Hugo Green, publicaba nuevas ediciones periódicamente con instrucciones actualizadas de un viaje al que los viajeros se exponían al más crudo y despiadado racismo. La película no hace mención al libro de Green, ocultando así una verdad fundamental de esta historia ligada a las leyes Jim Crow de segregación y exclusión.

Las Ciudades del Atardecer alcanzaron notoriedad como resultado del proyecto nacional de construir una carretera que facilitara la movilización desde Chicago hasta las costas del Pacífico en el sur de California. Fue bautizada como la Ruta 66 y eventualmente se convirtió en la carretera más célebre de los Estados Unidos y un símbolo de libertad y progreso de la población blanca. Pueden leerse numerosos libros exaltando la grandeza de los Estados Unidos a través de los paisajes naturales y urbanos de la que fue popularizada con el nombre de La Ruta Madre. Es la autopista de la novela de Steinbeck Las uvas de la ira y de los hippies nómadas de los sesenta. Pero como es típico en la narrativa oficial, toda esta imaginería celebratoria del destino manifiesto ocultaba el lado oscuro del racismo que padecía cualquiera que no fuera aceptado como parte de la “verdadera” identidad “americana”, esto es, todos aquellos que no fueran parte de la población angloestadounidense.

En las afueras de miles de pueblos y ciudades de muchos estados, incluyendo aquellos por los que pasa la Ruta 66, había letreros como los que menciono en el epígrafe. South Pasadena, Pasadena, Glendale, Burbank, Arcadia, Azusa, Fontana, son apenas unas de numerosas ciudades del sur de California que fueron parte de esta y otras formas de discriminación y segregación étnica y racial, que incluía desapariciones y linchamientos. Algunas personas dicen que todo eso es parte de un pasado ya superado. No es cierto. Todavía hay pueblos en los Estados Unidos que siguen siendo Ciudades del Atardecer, como Norwood, un vecindario en Cincinnati, Ohio; o Sapulpa y Broken Arrow, en Oklahoma, e innumerables otras ciudades, que el lector puede encontrar solo con una búsqueda en el internet. O ver el documental The Injustice Files: Sundown Towns, uno de los más reveladores sobre la existencia de esta práctica racista en los Estados Unidos en nuestros días.

Pero una ciudad o un pueblo en los Estados Unidos no necesita ser específicamente una Ciudad del Atardecer para ser clasificada como tal. Los efectos y prácticas segregacionistas contra las minorías siguen latentes en múltiples áreas de la vida del país como la educación, el trabajo y la distribución demográfica y física de los barrios y vecindarios. Resulta evidente que la policía protege más los vecindarios donde vive gente angloestadounidense, a la vez que criminaliza y persigue a la gente en los vecindarios donde vive la población negra y latina. El racismo exarcebado desde la Casa Blanca (nombre ya de por sí diciente), es una muestra de que este es uno de los males más persistentes del país. Una de las funciones clave del Movimiento Las vidas negras son importantes es destapar estas iniquidades históricas, nombrarlas, describirlas y trabajar para desmantelarlas. Y esa era la misión de la joven que hablaba en días pasados en el parque Garfield de South Pasadena.

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Esta semana les recomiendo dos libros: Latinx: The New Force in American Politics and Culture, de Ed Morales, nuyorican, profesor de Columbia University, Nueva York, sobre la creciente importancia demográfica, política y social de los más de 60 millones de latinos en los Estados Unidos. Hispano, latino, latina, latinx, son algunos de los términos para tratar de encapsular en una palabra a una población diversa que en la actualidad es el segundo grupo más cuantioso de EE UU y que en pocas décadas llegará a ser la mayoría del país. Disponible en inglés. El otro libro es la novela Museo animal, del escritor costarricense Carlos Fonseca, quien después de haber vivido largos años en Puerto Rico y en la costa este de los Estados Unidos, radica ahora en Londres. Una novela experimental que recoge una tradición iconoclasta, a la manera de las novelas del argentino Macedonio Fernández, y atravesando un siglo de transgresiones literarias y artísticas.

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CUADERNOS DE LA PANDEMIA

LA LITERATURA Y EL ARTE (SIEMPRE) CONTRAATACAN

“¿Se hará viral la poesía? / ¿Nos infectará su enfermedad? /

Ayudará a crear anticuerpos contra la indiferencia? /

¿Serán los poemas los únicos espacios seguros donde nos podamos reunir?”

—Julia Álvarez en How Will the Pandemic Affect Poetry?

2 de agosto 2020. No. No es una apología del desastre. Pero lo cierto es que cuando ocurren las catástrofes naturales, las guerras, las pandemias, el arte florece, se expande, encuentra nuevos recovecos por donde infiltrarse en los tejidos de la vida y la respiración. Es la urgencia de explicarnos, de protestar, de seguir el tropel hacia adelante. Desde libros y obras de arte apocalípticos que anuncian el fin a la vuelta de la esquina y toda suerte de especulaciones alarmistas, hasta aquellos que alaban las bondades de un nuevo y positivo realineamiento global, las artes, sobre todo aquellas que requieren o pueden agenciarse con un mínimo de interacción cara a cara, están experimentando un momento de producción excepcional. Ha sido así desde los orígenes de la memoria. Las tragedias, naturales o humanas, son escenarios traumáticos que nos fuerzan a buscar respuestas o a entretenernos mientras entramos a una nueva y desconocida normalidad. Para todos se trata de un asunto de supervivencia individual y colectiva.

Las artes han sido no solo una manera de registrar esos períodos de la historia sino también de recrearlos, de reimaginar las dinámicas de la sociedad, las maneras de seguir existiendo y de percibir y plantearnos el futuro. Así los textos bíblicos de catástrofes como el diluvio, las plagas de Egipto o del caballo de la muerte que arrastra consigo la espada del hambre y de la peste son parte de la construcción del imaginario ante una existencia siempre frágil. La Historia de la Guerra del Peloponeso, de Tucídides, de principios del siglo quinto antes de Cristo, donde narra la llamada “Peste de Atenas”, vendría a ser el texto que modela las narrativas de las epidemias de los siglos siguientes. En la Edad Media europea los relatos y el arte que surgen de la peste bubónica como El Decamerón, de Boccaccio publicado en el siglo catorce, y la pintura El triunfo de la muerte, de Brueghel “el Viejo”, de comienzos del siglo dieciséis, ingresan a ese hemisferio que redime la tragedia y la transforma en una experiencia estética. La tercera relación, uno de los anales escritos a comienzos del siglo diecisiete por el historiador indígena mexicano Domingo Chimalpahin que relata una epidemia, posiblemente de difteria, ocurrida pocas décadas antes de la llegada de los españoles. La Brevísima relación de la destrucción de las Indias, de Bartolomé de las Casas y otros textos de su tiempo por los que sabemos que después de todo fueron los conquistadores quienes trajeron las pestes que asolaron al continente como la viruela, el sarampión, el tifus. En el siglo dieciocho el Diario del año de la peste, de Daniel Defoe, que narra la plaga de Londres de 1665. Ya en el siglo veinte, La peste, de Camus, novela que en estos días está siendo revisitada por críticos y lectores curiosos, algunos de los cuales encuentran que el texto ha perdido mucho de la fuerza que tuvo en su momento. O en esta corta mención de textos, el trágicamente hermoso Ensayo de la ceguera, de Saramago.

En nuestros días, en medio de una de las peores pandemias de los tiempos modernos, las expresiones creativas están presentes sobre todo en los medios impresos (libros, periódicos, revistas) o audiovisuales (televisión, cine, internet) y su presencia es, en muchos casos, clarividente y señaladora de lo que puede ser el mundo en nuestro futuro inmediato. Por supuesto, toda esta portentosa producción no tiene que ver, afortunamente para el arte, con el drama del coronavirus, sino también con pandemias aún más devastadoras y dañinas a mediato y largo plazo, como el resurgimiento de los nacionalismos y los fascismos que amenazan a las democracias, siempre vulnerables y nunca enteramente establecidas. O un arte que se preocupa por otras crisis urgentes como la del medio ambiente, la inmigración o la (in)justicia social, todas ellas íntimamente interconectadas. También hay, como siempre, un arte escapista, o un arte por el arte, o a un arte que se substrae felizmente al presente. Y este es también un arte necesario, porque el arte no tiene que ser necesariamente un instrumento para otros fines. El objetivo primario del arte es su existencia misma como punto de encuentro con nuestra humanidad.

De la extensa lista de producciones que nos acercan a la actualidad, quisiera mencionar el ensayo Llega el monstruo, del sociólogo y activista Mike Davis, una reactualización de un texto suyo escrito en el 2005, que enlaza la emergencia de plagas como el coronavirus con los problemas ambientales y el manejo de la crisis por los gobiernos corruptos. En inglés les recomiendo el libro No Human is Illegal, del abogado de inmigración J.J. Mulligan Sepúlveda, quien explora el drama que viven los inmigrantes en los centros de detención de la frontera México-Estados Unidos. Y el libro de poemas, también en inglés, Together In a Sudden Strangeness (Juntos en una inquietud instantánea) con múltiples voces de poetas de los Estados Unidos enfrentados a la experiencia común de la pandemia. Entre los numerosos museos de arte, quisiera sugerirles una mirada al Museum of Latin American Art (molaa.org) de Long Beach, Calif., y navegar en sus exhibiciones virtuales, en especial “OaxaCalifornia: Through the Experience of the Duo Tlacolulokos”. Y el museo La Plaza de Cultura y Artes (lapca.org), que ofrece exhibiciones virtuales y un continuo programa de actividades de transmisión en directo. El mundo se hace recursivo ante las crisis. Y el arte, como lo ha sido a través de los tiempos, es una de sus expresiones más dinámicas y duraderas, uno de los espacios de donde sigue emergiendo la vida. 

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CUADERNOS DE LA PANDEMIA

¿INDEPENDENCIA PARA QUIÉN?

Agárrate con fuerza a los sueños / Porque si los sueños mueren
La vida es como un pájaro de alas rotas / Que no puede volar
Agárrate con fuerza a los sueños / Porque cuando los sueños se esfuman
La vida es un campo estéril / Helado por la nieve

—Langston Hughes, poeta afroestadounidense


Hace muchos inviernos nuestros sabios ancestros predijeron:
el monstruo de ojos blancos llegará del oriente. Al avanzar consumirá la tierra.
Este monstruo es la raza blanca. La profecía está a punto de cumplirse

—Profecía de los iroqueses, confederación de tribus en el actual estado de NY

 4 de julio, 2020. Mientras se escuchan los estallidos y se ven los espléndidos fuegos artificiales del 4 de julio no hay que olvidar que el Día de la Independencia no celebra la libertad ni el fin de la opresión para todos los que vivían en los Estados Unidos en 1776. Los esclavos siguieron siendo esclavos y los indígenas siguieron siendo exterminados y los que sobrevivieron fueron sometidos a vivir décadas más tarde en reservaciones asignadas por los invasores europeos. La independencia de los Estados Unidos fue diseñada y ganada por y para que los colonos ingleses pudieran tener autonomía para perpetuarse como los nuevos amos de estas tierras usurpadas.

La independencia fue, sobre todo, para los hombres ingleses. Porque las mujeres siguieron siendo sometidas, sin voz ni derecho al voto hasta 1920 (y todavía, cien años después, con un largo camino por recorrer para obtener plenos derechos). Como dice Howard Zinn sobre los tiempos de la independencia, “Si leemos los libros de historia más ortodoxos, es posible que nos olvidemos de la mitad de la población del país. Los exploradores fueron hombres, los terratenientes y comerciantes fueron hombres, los líderes políticos eran hombres, y también lo eran las figuras militares. La propia invisibilidad de las mujeres y el olvido a que eran sometidas, señalan su condición sumergida” (La otra historia de los Estados Unidos, 2001, 81). La libertad no fue para ellas.

Tampoco lo fue para los negros que siguieron siendo esclavos hasta la Proclama de Emancipación de los esclavos de 1862 por Lincoln, durante la Guerra Civil. Esta proclama en realidad nunca representó una completa libertad, ni en la práctica ni legalmente, como lo muestran las leyes Jim Crow (vigentes en diversos estados entre 1876 y 1965) que legalizaban la segregación y cuyos efectos se sienten palmariamente en la absoluta desigualdad social y falta de oportunidades de la población afroestadounidense actual. O la ominosa Enmienda 13 de 1865 que autoriza constitucionalmente hasta el día de hoy la continuación de la esclavitud dentro del sistema carcelario: “Ni en los Estados Unidos ni en ningún lugar sujeto a su jurisdicción habrá esclavitud ni trabajo forzado, excepto como castigo de un delito del que el responsable haya quedado debidamente convicto”. La aplicación de esta enmienda se manifiesta en el criminal encarcelamiento masivo en los Estados Unidos, el país con más presos en el mundo, la gran mayoría de ellos afroestadounidenses (e indígenas y latinos en segundo y tercer lugar), sometidos a realizar trabajos forzados con poquísima o ninguna paga para corporaciones que se lucran de su encarcelamiento y de su trabajo (aquí puede verse, en inglés, un informe sobre dichas corporaciones: “Post Meek Mill: Report Discloses Companies Profiting from Prison”, May 7, 2018). La población afroestadounidense nunca ha sido pasiva; siempre ha luchado de manera enormemente desigual contra las iniquidades a que ha sido sometida hasta el presente, como lo seguimos viendo con el Movimiento Black Lives Matter, que quizás, si se mantiene en la lucha de manera permanente, llegue a producir el cambio más decisivo en la historia contra el racismo en los Estados Unidos.

Tampoco los indígenas pueden celebrar el Día de la Independencia como una victoria para sus pueblos. La independencia para ellos sería haberse librado de los invasores de sus territorios. De modo que los indígenas de este país, como los de todo el continente, siguen viviendo en estado de no-libertad dentro de su propia tierra. Los indígenas siempre han ofrecido una feroz resistencia a la invasión de sus territorios. Cuando se dieron cuenta que la llegada de los europeos a sus tierras era en realidad una invasión que terminó despojándolos de sus tierras, pelearon primero como tribus independientes y luego como confederaciones de grupos indígenas. Tuvieron un papel activo subalterno durante la guerra de independencia de los 13 estados, ya fuera al lado del imperio inglés o de los colonos ingleses (aliados con los franceses), conforme estos poderes les ofrecían alternativamente ser sus protectores. En cualquier bando nada resultó para su beneficio. En 1851 el Congreso aprobó el Acta de Apropiaciones Indígenas (The Indian Appropriations Act) por medio de la cual se creó el sistema de reservaciones para los indígenas como una manera de mantenerlos bajo control: los nativos no podían salir de allí sin permiso del gobierno. Esta y otras leyes posteriores sobre el control de las comunidades nativas por el gobierno federal fueron reemplazadas por el Acta de Reorganización Indígena (The Indian Reorganization Act) de 1934 que les dio mayor autonomía a las 567 tribus indígenas del país reconocidas federalmente, incluyendo el tener su propia constitución y no pagar impuestos federales. Pero los problemas de marginalización, pobreza, falta de servicios de salud y el drama del alcoholismo y las drogas, ocasionados por siglos de colonialismo, son rampantes dentro de una economía que depende del turismo y de los casinos, un sistema en el que están sujetos al constante saqueo y explotación de su identidad y cultura.

Evidentemente lo que se celebra cada 4 de julio es la victoria de los colonos ingleses para obtener la libertad de seguir al mando de un gobierno creado meticulosamente a la medida del supremacismo blanco. Otro tanto habría de ocurrir, con sus propios matices y variantes, con los criollos españoles que avanzaron las independencias de los países de habla hispana. Lo que se celebra es, como de costumbre, la historia de los vencedores. En este caso, los vencidos siguen luchando, porque no están vencidos. Como cantaba el poeta afroestadounidense Hugues, están “agarrados con fuerza a los sueños” de un mundo que les sea propio y que sea la norma y no la excepción en la historia.

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Hoy les recomiendo El origen de los otros, de Toni Morrison (The Origen of Others, en inglés). El texto es una colección de las conferencias que dio en la Universidad de Harvard en el 2016 donde discute sobre el concepto de raza y la construcción del racismo blanco en la sociedad norteamericana. Las charlas y el libro coinciden con la presidencia de Donald Trump, una de las etapas de este país cuando el racismo, la brutalidad policiaca contra las comunidades afroestadounidenses y latinas, la persecusión de inmigrantes por ICE, la retórica contra los latinos y la urgencia por construir el muro en la frontera con México, están en el frente de las noticias diarias. Morrison ilustra su discurso a través de diversas obras literarias, incluyendo las suyas propias.

Otro libro que les recomiendo es Guerra contra todos los puertorriqueños. Revolución y terror en la colonia americana (War Against all Puerto Ricans. Revolution and Terror in America’s Colony, en inglés), por el periodista y abogado Nelson A. Denis, nacido en NY de madre puertorriqueña y padre cubano. Denis ha desarrollado una carrera periodística y legal comprometida con la defensa de los latinos en los Estados Unidos. Graduado de la Universidad de Harvard y de la Universidad de Yale, fue director de El Diario/La Prensa y fue representante por el Partido Demócrata del East Harlem, en la Asamblea Estatal de Nueva York de 1997 al 2000. El libro relata la insurrección promovida por el Partido Nacionalista de Puerto Rico en 1950 contra el gobierno de los Estados Unidos en búsqueda de la independencia de la isla y la sangrienta represalia militar estadounidense que incluyó el bombardeo de Jayuya y Utuado, marcando la primera vez en que los EE UU bombardea ciudades bajo su jurisdicción.

 

ESTE NO ES UN PAÍS DE INMIGRANTES

 “Yo no soy de aquí / pero tú tampoco
De ningún lado del todo / de todos lados un poco”
—Jorge Drexler, en Movimiento

 25 de junio, 2020. Desde hace décadas se alimenta la romántica y engañosa idea de que los Estados Unidos es un país de inmigrantes. Es hora de cuestionar y desmantelar ese mito. Este no es un país de inmigrantes. Al menos no de inmigrantes voluntarios, millones de ellos. Este país ha sido construido por las mentes y las manos laboriosas de gente de muchas partes del mundo. Esa es una verdad que se sostiene por su propia evidencia. Lo que no podemos sostener de forma genérica e irreflexiva, es que los más de 330 millones que conforman este país están aquí porque familiares suyos o ellos mismos, en algún momento de la historia, escogieron libremente venirse como inmigrantes. Y, por supuesto, los anglosajones estadounidenses, que constituyen todavía la mayoría de la población, no se incluyen ni se perciben a sí mismos como inmigrantes sino como los fundadores del país (es decir, los invasores y colonizadores de tierras que no eran suyas). Para ellos, los inmigrantes son los otros, los demás.

Pero los cerca de 7 millones de indígenas del país no son inmigrantes. Sus tierras les fueron arrebatadas por los invasores y colonizadores europeos, quienes masacraron a millones de ellos, en lo que Ward Churchill, profesor de estudios étnicos de la Universidad de Colorado llama el más “vasto genocidio sostenido de la historia”. Al resto los sometieron a vivir en reservaciones, donde sobreviven con altos niveles de pobreza, problemas de salud y alcoholismo. Los más de 43 millones de afroestadounidenses tampoco son inmigrantes. Sus antepasados fueron traídos como esclavos encadenados y hacinados en barcos pestilentes y luego vendidos a amos ingleses que los explotaron en sus grandes haciendas. Una parte significativa de la riqueza que se acumuló de la explotación y el trabajo forzado de los esclavos entre 1525 y 1866 es una de las bases de la riqueza actual de los Estados Unidos. Como lo sabemos, una gran mayoría de los descendientes de aquellos esclavos sigue viviendo en las mismas condiciones de desprecio, opresión, pobreza y en peligro de linchamiento como hace 400 años.

De los 60 millones de latinos/hispanos/chicanos de los Estados Unidos un número destacado no puede considerarse como inmigrantes. Los mexicanos han estado aquí desde los tiempos de la colonia española hace 500 años. Ya estaban aquí cuando los EE UU invadieron el norte de México y eventualmente se apoderaron de lo que hoy son los estados de California, Texas, Nuevo México, Nevada, Utah y partes de Arizona, Colorado, Oklahoma, Kansas y Wyoming (a través del forzado Tratado de Guadalupe Hidalgo de 1848). Estados donde el español era la lengua de una gran parte de ese territorio junto con los idiomas de los nativos. Los puertorriqueños no son inmigrantes. Los EE UU convirtió a Puerto Rico en una colonia cuando se lo arrebató a España en la guerra de 1898. Luego les dio la ciudadanía para poder enviarlos como soldados a luchar en guerras que no tenían nada que ver con ellos.

Los cubanos, los dominicanos, al igual que millones de centroamericanos y sudamericanos no son inmigrantes. Muchos de ellos son descendientes, o primera o segunda generación de personas que buscaron refugio en los Estados Unidos como producto de la agitación política y económica causada en buena parte por la intervención de los Estados Unidos en esos países en las décadas pasadas y en el presente. Millones de ellos son refugiados, no inmigrantes. E historias parecidas pueden decirse de gente de China y otros países asiáticos, del Medio Oriente y de otras partes del mundo.

Quizá fueron inmigrantes aquellas grandes masas empobrecidas de Europa (más de 32 millones) que emigraron a Estados Unidos entre 1820 y 1930 y a las que la estatua de la libertad saludó efusivamente desde su inauguración en 1886. Un tiempo en el que no se requerían documentos para entrar a este país. Para millones de afroestadounidenses y de latinoamericanos nunca fue ni ha sido una fiesta venir a este país, sino una lucha. El resultado de todo este movimiento que no cesa, ha sido el mosaico de etnicidades, lenguas y culturas más diverso del mundo. Un mosaico de iniquidades y desigualdades rotundas, donde el supremacismo blanco, movido por el capitalismo salvaje, es la fuerza controladora y opresora del resto de la población. Es este mosaico de gente inteligente y trabajadora de todas partes del mundo el que ha construido de manera fundamental una prosperidad que no llega a sus manos ni está bajo su control. El sueño americano (otro mito que proyecta a este país como una especie de ideal humano) es siempre una imagen elusiva para la inmensa mayoría.  Ahora, que si queremos ponerlo en otros términos, todos somos inmigrantes. Todos estamos en perpetuo movimiento, en un mundo que, como decía Ciro Alegría, es ancho y ajeno. Con un cuantioso número de supremacistas que asumen que ciertamente es ancho y que es de su propiedad.

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Esta semana les recomiendo dos libros: CRUX. A CROSS-BORDER MEMOIR, de la periodista investigadora Jean Guerrero. Una memoria sobre la historia de su padre sumergido de un tiempo acá en lo que algunos identifican como una esquizofrenia, y que ante los ojos de la narradora comienza a ser visto como una cosmovisión más profunda que entrelaza las culturas ancestrales de México con el presente caótico en la frontera México-Estados Unidos. En inglés.

Otro libro que les recomiendo es CUENTOS SALVAJES, del venezolano Ednodio Quintero. Este volumen de más de 500 páginas se presenta como la colección de todos sus cuentos publicados hasta ahora y permite ver la evolución del escritor desde una prosa onírica y fantástica hasta una narrativa más realista conectada con el universo andino. 



SIEMPRE ALGO ALREDEDOR DEL CUELLO

8 de junio, 2020. La escritora nigeriana Chimamanda Ngozi Adichie se ha convertido en los últimos diez años en una de las voces jóvenes más prominentes en la lucha contra el racismo. Su charla en TedTalk “The danger of a single story” (El peligro de una sola historia), uno de los recursos que utilizo en mis clases para hablar contra los prejuicios y el racismo, se ha convertido en una de las más vistas en la historia de este programa. Adichie ha publicado hasta el momento tres novelas y la colección de cuentos The Think Around Your Neck (Algo alrededor de tu cuello). La autora emigró a los Estados Unidos a la edad de 19 años para hacer sus estudios universitarios y desde entonces vive entre este país y su natal Nigeria. Su obra permite al lector un vislumbre sobre la otredad y el racismo sistémico que enfrentan los africanos y descendientes de los africanos que fueron traídos como esclavos a los Estados Unidos hace 400 años. El título y la historia del cuento “Algo alrededor de tu cuello”, que da nombre también al libro, atrapa la atención sobre la que quizá sea la imagen que mejor condensa la tragedia de opresión, represión y aniquilamiento que ha vivido la población afro/americana en la nación que ha presumido, falsamente, de ser líder de la democracia en el mundo.

El linchamiento de George Floyd, asfixiado públicamente bajo la rodilla del policía blanco Dereck Chauvin (como cumpliendo un sangriento rito antiguo) es una ampliación moderna de los grilletes, cadenas y collares de hierro con los que se traía a los esclavos de África a este continente y que eran también usados como instrumentos de tortura, doblegación y escarmiento. Desde la pretendida abolición de la esclavitud en1883 estos instrumentos de opresión han seguido siendo usados de manera sistemática en los Estados Unidos en la forma de segregación, dominación y la reducción de esta entera comunidad a la condición eterna de sirvientes y subalternos del supremacismo blanco. El asesinato de George Floyd estaba supuesto a ser una estadística más en esta historia de horror y sufrimiento. Un dato de violencia y brutalidad policiaca más para sumarse a los nombres de Breonna Taylor, Ahmaud Arbery, Jamar Clark, Philando Castile, por solo citar asesinatos recientes de afro/americanos. Sin embargo, convocados por tres meses de confinamiento, con los espíritus y los ánimos mejor dispuestos y menos contaminados por la urgencia consumista, la ira de la población se ha manifestado en un alzamiento nacional que lleva ya dos semanas y sigue creciendo con la promesa de convertirse en una ola mundial antiracista.

En el servicio en memoria de Floyd en una iglesia de Minneapolis, el Reverendo Al Sharpton, pastor bautista y uno de los activistas más visibles en la lucha por la justicia social y los derechos civiles, dijo a las autoridades y a la población blanca de este país, “La razón por la que nunca pudimos ser lo que quisimos o soñamos ser es porque dejaste tu rodilla en nuestro cuello”. Y añadió, dirigiéndose a la comunidad afro/americana: “Ya es hora de que nos levantemos en nombre de George y digamos ‘quiten la rodilla de nuestro cuello’”. No se ha levantado solo la comunidad afroamericana. También los latinos, muchos latinos, y los asiáticos y los indígenas, y gente del Oriente Medio, que también padecen la discriminación, el oprobio y la represión, amplificados hasta la desgracia bajo la actual presidencia de los Estados Unidos.

En el cuento de Adichie, la protagonista (que evoca algunas referencias autobiográficas de la autora, como los demás cuentos de la colección), dice: “Por las noches algo se enroscaba en tu cuello. Algo que casi te asfixiaba antes de que te quedaras dormida”.  Es el horror histórico y presente del que no puede zafarse porque no terminan de quitarle las cadenas. Mientras escribo estas notas algunos cambios ya han empezado a vislumbrarse en algunas ciudades, con la decisión de los alcaldes y concejos locales de reducir o quitar el presupuesto a la policía (defund police) y crear nueva legislación. Y un número cada vez mayor de la población blanca se está sumando, como nunca antes en la historia de este país, al grito de “El silencio blanco es violencia”. Las consignas, los letreros, las marchas son un primer paso y son indispensables. Pero no son suficientes. Como apuntó Audre Lorde, “la revolución no es un evento único”. La revolución, el cambio sistémico, estructural por la justicia social es un evento diario, de todos los días. Es proclamarse en un estado permanente de protesta y de acción hasta que se produzcan los cambios que imaginamos y soñamos.

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 Esta semana les recomiendo dos libros: Algo alrededor de tu cuello, de Chimamanda Ngozi Adichie, de quien les recomiendo leer también sus novelas y ensayos y ver sus charlas en TedTalk (en inglés y con traducción al español). El otro libro es How to Be an Antiracist (Cómo ser un antiracista), de Ibram X. Kendi, profesor de historia y  fundador del Centro de Investigación y de Políticas Antirracistas y una de las voces más notables de la comunidad afro/americana. El libro no está disponible todavía en español.


UN PAÍS QUE YA NO PUEDE RESPIRAR

1 de junio 2020. Amanece, y uno desearía que el mundo ya no fuera de una vez por todas el mismo de ayer. Amanece, y en docenas de ciudades a lo ancho de este país millones de personas han pasado la noche en doble confinamiento: el de la cuarentena y el del toque de queda. La doble anomalía enfatiza el drama de un  mundo cuyas fuerzas naturales y sociales empujan desde hace mucho tiempo hacia un cambio radical. En los últimos largos meses la única noticia hastiante, fatigante, dolorosa era la de los muertos anónimos o con nombre, pero todos ellos solitarios, que se acumulaban en las morgues de los hospitales en este país, primero en el virus como en tantas otras cosas. El 27 de mayo, de repente, el linchamiento lento y despiadado de George Floyd, arrestado presuntamente por tratar de comprar cigarrillos en una tienda con un billete falso de 20 dólares, cambió la narrativa y nos puso una vez más frente al horror de la más antigua de sus pestes: la del racismo rampante que corre líquido por las venas de esta nación desde sus orígenes coloniales.

Una adolescente grabó los 8 minutos y 46 segundos en que el oficial de policía Dereck Chauvin aplastaba con una de sus rodillas el cuello de Floyd mientras miraba impávido al celular que grababa su crimen. Su actitud prepotente resume los siglos de esclavitud, opresión, encarcelamiento masivo y asesinato impune a que los gobiernos y la in-justicia norteamericana han sometido a la población negra (y a los latinos, a los indígenas, a otras minorías y a numerosos países del mundo).

Lo que no se esperaba el policía Chauvin, ni los otros dos policías que también aplastaban el cuerpo de Floyd contra el asfalto, era la repercusión que iba a tener su crimen. Tampoco lo imaginaba Tou Thao, el cuarto policía que de pie, se mantenía vigilante para que nadie de los que presenciaban el linchamiento se acercara. Floyd murió poco después de que una ambulancia se lo llevara agonizante. A unas cuantas horas de su muerte se produjo un estallido social en todo el país. De repente decenas de miles de personas de todas las etnicidades y condiciones en numerosos estados del país —y de manera especial los jóvenes— se olvidaron del coronavirus, del confinamiento, del riesgo inminente del contagio, y se lanzaron a las calles en un movimiento espontáneo de rabia, dolor y solidaridad con la familia de Floyd y con la población negra en general.

Las manifestaciones han seguido creciendo en los cinco días que han transcurrido desde el asesinato, tomando el curso de un levantamiento social que no se veía en el país desde hace décadas. El hartazgo social es mucho mayor ahora, porque vivimos bajo la pandemia de un presidente racista y autócrata que es la expresión brutal y sin matices del desprecio y opresión contra indefensas y vulnerables minorías. En pleno tiempo de una pandemia mortal (uno de cuyos síntomas es que los contagiados no pueden respirar), la gente ha mostrado al lanzarse a las calles a reclamar un cambio radical, que el virus más peligroso que enfrenta es el supremacismo blanco que todo lo asfixia.

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Hoy quiero recomendarles AN AFRICAN AND LATINX HISTORY OF THE UNITED STATES (disponible por ahora solo en inglés) escrito por el profesor de historia y director del Programa de Historia Oral Samuel Proctor de la Universidad de Florida. Es uno de los textos más lúcidos, actuales e indispensables para replantear el conocimiento de la verdadera historia de los Estados Unidos desde la perspectiva de los propios negros y latinos en sus luchas por la justicia social y la igualdad por más de 400 años. Ortiz dice, “He escrito este libro porque como estudioso quiero asegurarme de que ningún estudiante latinx o negro nunca más tenga que estar avergonzado de quién es y de dónde viene”.

 

CUADERNOS DE LA PANDEMIA

EL AFÁN DE LO NORMAL

25 de mayo 2020. Me escribe un amigo de otro país y me pregunta cómo están las cosas por California en estos días. Le contesto: “Las cosas están mucho mejor en cuanto al número de contagios y muertes diarias comparado con unos dos meses atrás. Estos han disminuido en gran parte por el control estricto impuesto por el gobierno estatal y el de las ciudades y condados. Ahora ha empezado una cautelosa apertura, que en realidad no parece tan cautelosa. Ves el tráfico en las autopistas y calles casi como un día “normal” antes de la cuarentena. Muchos conducen acelerados e impacientes, como si estos meses apenas hubieran agitado los ánimos y no producido cambios de fondo. En una sociedad como esta, donde el capitalismo salvaje y el consumismo definen el ethos/pathos de una buena parte de la población, es improbable ver cambios en un espacio de tiempo relativamente corto. En todo el país hay urgencia de reactivar la economía, de seguir en el ritmo de vida de siempre, donde los que tienen el poder económico y político se resisten a los cambios que se requieren para crear una sociedad más justa e igualitaria y, por supuesto, para controlar con más eficiencia (y quizás evitar) las próximas epidemias que vienen. Todavía es muy pronto para predecir el impacto verdadero de esta crisis creada por nuestra propia voracidad y por el saqueo, violencia y masacres indescriptibles que cometemos a diario contra los animales y el medio ambiente en general.

“Somos anormales. Pero no nos damos cuenta. Por eso pensamos en volver a la normalidad. Lo que necesitamos es volvernos verdaderamente a-normales y empezar a construir otro mundo posible, otra sociedad, otro modo de ser y de existir. Pero todavía no hemos aprendido cómo hacerlo y tal vez nunca aprendamos a hacerlo. O quizá unos cuántos sí aprenderán una o dos lecciones que representarán algún cambio, pequeño pero esperanzador. De esos pequeños grandes cambios también está hecha la vida, ¿no es cierto? Por ahora, amigo, seguimos dominados por nuestros impulsos más primitivos y por el ansia de seguir instalados en esta vorágine autodestructiva”.

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DESIERTO SONORO (LOST CHILDREN ARCHIVES, en su versión en inglés).

Les recomiendo esta novela de la escritora mexicana Valeria Luiselli. Una historia cercana a nuestra realidad, incluyendo los sonidos y las voces de que estamos poblados, los miles de niños inmigrantes perseguidos en la frontera sur de los Estados Unidos, el pasado siempre presente del genocidio de los pueblos originarios, y en medio de todo, la familia que narra su propia versión del caos y desintegración a medida que se desplaza de norte a sur y en diagonal por el vasto territorio de este país.